Cerro Ancón: ascendiendo con memorias

Por: Juan David Arosemena. 2015 (febrero).

GIRA/RELATO.  Curso: Ecosistemas.  Programa de Maestría en Ingeniería Ambiental.  Facultad de Ingeniería Civil. Universidad Tecnológica de Panamá.  Panamá.

Sin descanso, con el celular descargado y comida rápida de desayuno. Así empezó ese día, sin motivación alguna para ascender el cerro Ancón luego de trasnocharme con mis amistades. Arrepentido por no dormir lo suficiente, me encontré sentado en las faldas del tan discutido cerro, pensando en lo mucho que faltaba para terminar y en el poco interés que mantenía.

Esperando a los compañeros que aún no llegaban, repasaba los elementos que la profesora nos pedía observar: adaptaciones al clima, factores ambientales, tipos de fauna y flora, entre otros. Sin embargo, mi mente pensaba diferente. Yo imaginaba las diferentes adaptaciones de mi ergonómico colchón, los factores necesarios para dormir en paz y en los diferentes tipos de almohadas y sabanas que en mi cama se encontraban, manteniendo mis esperanzas en que la gira pronto iniciaría y rápido se acabaría.

Luego de varios minutos, el último compañero llegó, y como acto siguiente la gira empezó. Haciendo énfasis en la historia del lugar, la profesora iniciaba a relatar los antecedentes y las muchas anécdotas de este tan conocido pero ignorado cerro: Amelia Denis de Icaza y la poesía dedicada; su disposición como área protegida y reserva nacional; la declaración del cerro como Patrimonio Histórico Nacional; los tan famosos “bunkers” dejados por los Norteamericanos; y las intervenciones que sufrió producto del desarrollo de la ciudad a su alrededor, entre otras más.

Sin duda alguna, algo digno de admirar, un cerro con casi doscientos metros de altura sobre el nivel del mar ubicado en la mitad de una pequeña pero histórica ciudad.  Ahí me encontraba yo, a la espera del ascenso, simulando prestar atención, mientras que la profesora nos preparaba para lo que en el camino estaríamos por observar.

Y justo antes de iniciar la caminata hacia la cima del cerro, mi interés cambió y mi atención despertó. Uno de mis compañeros levantó su mano y preguntó: “¿Y estas casas en memoria de quién son?”, señalando a lo que muchas veces antes me emocionaba y ahora simplemente yo ignoraba, “Mi Pueblito”.

En ese momento recordé lo que de niño antes realizaba, bailes típicos y paseos familiares que aunque al principio me obligaban, siempre alguna artesanía me compraban. Recordé también excursiones en primaria, premiaciones deportivas y pequeños festivales nacionales.

Y como por arte de magia, para avivar mi memoria, un grupo de niños iniciaba el ascenso al mismo tiempo que nosotros. Vestidos como “niños exploradores”, repitiendo al unísono lo que su líder les cantaba, subían y subían sin señales de cansancio, casi como verme al espejo unos quince años atrás.

Los niños siguieron, mientras que nosotros iniciábamos a estudiar el ecosistema. Vimos escaleras y gaviones que cumplían función de raíz y soporte del cerro, hormigas que hojas secas recogían aprovechando la temporada seca, plantas que para hacer sombreros y otras artesanías servían, colonias de comejenes y árboles que por su inclinación nos decían por dónde el sol salía.

Esto, acompañado de letreros colocados a fin de informar a los visitantes lo que estaban viendo; un bosque húmedo tropical formado por un bosque secundario maduro y otro joven. Y aunque mostraba una cantidad específica de especies en flora y fauna, la profesora nos comentaba que la misma no consideraba varios factores que en el momento pudieron identificar aún más.

Ascendimos un poco más, ya mi cansancio había sido opacado por lo que recordaba y al mismo tiempo por lo nuevo que aprendía. Fue entonces cuando los vimos, ciclistas ascendiendo el cerro, entrenando bajo el sol, subiendo al punto más alto de la ciudad, acompañados de otros corredores. En ese momento recordé, “Columbia 12K: Cerro Ancón”, carrera de la cual participé el año pasado. Iniciando en las faldas del cerro, ascendiendo y descendiendo el cerro, y luego bordeándolo corriendo por “El Gorgas” y por la “Avenida de Los Mártires”.

Me acordé de las buenas condiciones físicas que mantenía hace tan solo 7 meses. Me acordé de lo bien que me sentí al llegar a la cima y ver mi bandera ondear al amanecer, una bandera del tamaño de una cancha de baloncesto, alumbrada de noche por sus mismos colores, y una vista de El Chorrillo, El Casco Antiguo, y la Cinta Costera a la misma vez.

Lamentablemente, en esta ocasión no pude gozar de esta vista, muchos menos admirar a mi bandera. El ascenso con memorias que ya me emocionaba se vio interrumpido por compromisos personales que, de no ser urgentes, hubiera ignorado para seguir recordando.

Y aunque al principio no mantenía interés y al final con mis compañeros no mucho pude compartir, al final si mucho recordé. No solo aprendí a ver el cerro con ojos científicos, sino que también desperté mi interés por de nuevo participar en excursiones, correr y ascender y admirar a mi bandera ondear en la cima.

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